
ESCRITO POR BEGOÑA MARUGAN:
Se dice que una excepción confirma una regla. Las mujeres hemos confirmado las reglas de la sociedad patriarcal primero, paternalista después, de la mejor forma posible: muchas han sido excepcionales. Estas honrosas excepciones para nuestro género han abierto el camino a muchas más mujeres. Los modelos de referencia, muy por encima de las expectativas masculinas de sus respectivas épocas, han contribuido a la creación de nuevas reglas.
Una de esas honrosas excepciones fue Clara Zektin a la que debemos la celebración del 8 de marzo. Es justo recordarla en este año, que se cumple el centenario de esta celebración. Pero, no sólo han sido excepcionales las mujeres famosas que abrieron camino, lo son los cientos, miles, millones de mujeres que trabajan cada día por salir adelante ellas y sacar a los suyos (familiares, amigos, comunidades, pueblos y naciones).
En los últimos tiempos es frecuente hablar de vulnerabilidad y calificar a las mujeres como vulnerables.
La vulnerabilidad es la medida de cuán susceptible es una persona, o un bien, a verse afectado ante la exposición a un fenómeno perturbador. Por "vulnerabilidad" se entiende el menor grado de capacidad para anticipar, resistir y recuperarse del impacto de una amenaza. Dos aspectos se combinan en su determinación: el grado de exposición a las crisis o convulsiones y el grado de capacidad para afrontar esos cambios.
Si sólo reparamos en esa primera acepción -la exposición al riesgo-, las mujeres somos más vulnerables, y aún más en periodos de crisis. Las crisis amenazan el crecimiento de la tasa de actividad femenina. El acceso de las mujeres al mercado de trabajo había crecido como nunca en España. La tasa de actividad femenina pasó del 45%, en 2005, al 51% a finales del 2008 y contribuyó al aumento continuado de la población activa, desde 2000. Sin embargo, desde 2009, esta tasa se ha estancado.
Sin embargo, al crecimiento cuantitativo del empleo de la mujer no le ha correspondido un aumento en la calidad de su empleo. Se han producido algunas mejoras, pero el avance ha sido desigual y limitado. Ha habido oportunidades de mejores empleos para una pequeña minoría, pero la mayoría de las mujeres trabajadoras siguen en situación de desventaja respecto: (1) a la oferta del mercado de trabajo, (2) a la demanda del mercado de trabajo y (3) en términos de procesos del mercado de trabajo.
Con mayores dificultades
Las mujeres tienden a encontrarse con mayores dificultades que los hombres para acceder a los planes del mercado de trabajo y a otras diversas formas de asistencia si están desempleadas o si se hallan en posiciones económicas o sociales particularmente vulnerables. De hecho, las mujeres duplican la tasa masculina de permanencia en la búsqueda de empleo, son mayoría en el desempleo de larga duración y, por desgracia, del total de personas desempleadas que perciben prestación por desempleo, sólo el 40% son mujeres. Éstas, además, obtienen una prestación cuya cuantía media es un 15% inferior a la de los hombres desempleados.
Las jóvenes tienen mayor probabilidad que los chicos de convertirse en las trabajadoras invisibles y en las víctimas de las peores formas de trabajo infantil. Las mujeres jóvenes tienden a presentar tasas de desempleo más altas que las de los hombres jóvenes.
Las mujeres de edad avanzada se encuentran con una discriminación continuada en el mercado de trabajo y, a menudo, tienen que asumir responsabilidades de prestación de cuidados en sus familias, en lugar de ser ellas las atendidas. A ello hay que añadir que las mujeres, particularmente las jóvenes, son víctimas de la trata sexual internacional. Incluso las mujeres que emigran legalmente, como trabajadoras con contrato, se encuentran, en el lugar de trabajo, con una grave explotación, que incluye acoso sexual y otras formas de violencia.
Ya sabemos que la independencia económica no es la panacea, pero sí es una condición necesaria en el duro camino hacia la igualdad y la autonomía de las mujeres. Una igualdad que, ahora, vemos muy comprometida como proyecto político. El déficit público hace que las políticas de igualdad corran el grave riesgo de ser arrinconadas a la espera de mejores tiempos.
Es cierto, por tanto, que las mujeres estamos expuestas a mayores riesgos. Sin embargo, y contemplando la segunda acepción de vulnerabilidad, -la que se refiere a la falta de capacidad para afrontar los riesgos, los retos, las amenazas- no cabe el argumento de la vulnerabilidad femenina. A la hora de la verdad, las mujeres siempre hemos podido.
Las mujeres siempre hemos podido crear el mundo, porque somos las que parimos, las que creíamos, las que queremos y las que cuidamos. Siempre hemos podido sacar adelante a nuestros pueblos y comunidades. En tiempos de dificultad y miseria ¿quiénes han hecho ollas populares y pucheros colectivos? Siempre hemos trabajado, tanto en casa, como fuera. ¿Quiénes están acarreando agua y leña en los pueblos africanos? ¿Quiénes se rebelan contra la enfermedad, la injusticia y la miseria? Las mujeres siempre hemos tenido la capacidad de resistir, con trabajo callado, dentro y fuera del hogar. Recordemos a las Madres de la Plaza de Mayo o las Madres contra la droga, o quiénes sacan adelante la economía de los países mientras los hombres hacen sus guerras. Que no nos llamen el sexo débil. Que nunca más nos engañen. Ser el "segundo sexo" -porque el patrón de referencia es el masculino- no significa que seamos débiles, que seamos vulnerables, que seamos frágiles porque, si conocemos la historia de la humanidad, la historia de nuestros pueblos y la historia de nuestras casas, veremos que nosotras, a menudo solas, siempre hemos podido.